Raquel del Rosario – Planeta Particular

17 julio 2018

En todo y en todos

Hace unos días, leí una noticia sobre la reacción que tuvo una ballena jorobada al percatarse de que un tiburón tigre se acercaba a una reconocida bióloga que nadaba junto a ella.
Tras muchos años observando el comportamiento de estos animales, la mujer contaba que nunca le había tocado vivir una situación como la de ese día, en la que el inmenso cetáceo parecía querer atraparla con una de sus aletas. Por unos instantes temió por su vida, pero más tarde, tanto ella como su equipo, se dieron cuenta de que la ballena tan solo trataba de esconderla para protegerla del posible ataque del tiburón, algo que, al parecer, estos mamíferos hacen habitualmente con las focas y otros animales marinos.

No sé si fue por el lluvioso día gallego o porque en las últimas semanas he estado algo sensiblona, pero me pasé todo el día con aquellas imágenes en la cabeza, conmovida con el poder intuitivo y el comportamiento altruista de aquel animal.

Me resultó paradójico que hubiese especies salvajes que actuasen de una manera tan “humana” y humanos que lo hiciesen de una manera tan “animal”.

Creo también que aquello me movió algo por dentro porque, de alguna manera, fui consciente de que a pesar de todo lo vivido, leído, aprendido y experimentado a lo largo de mi vida, yo aún no era capaz de realizar un acto como el de aquella ballena.
En su lugar, seguramente hubiese seguido nadando y dejado que cada uno se responsabilizase de sus vidas y asumiese las consecuencias de sus actos.
No lo sé… puede que me haya vuelto un tanto radical en este sentido tratando siempre de protegerme de personas y situaciones que puedan desestabilizar mi paz interior, a pesar de que la vida se sigue empeñando en colocarme en escenarios que me invitan a trabajar todo esto.

Si algo he comprendido sobre el funcionamiento de la vida, es que si hay algo que debes aprender, da igual a dónde te vayas y de lo que te protejas que ella te colocará en la situación que necesitas una y otra vez hasta que logres trascenderlo.

Hace unas semanas, alguien compartió una cita de Platón para despedir a mi cuñado que fallecía después de luchar casi dos meses contra una neumonía, decía así:
“Cada alma tiene una estrella y el que lleva una vida intachable durante el tiempo que le es acordado, tornará a su estrella.
Las pasadas navidades entre risas y copas de vino, Edu nos contó muchas cosas de su vida, recuerdo escucharle atentamente fascinada, haciéndole preguntas impacientes antes de que acabase de contar algo. Esa noche me fui a la cama con una sensación preciosa, el era un ejemplo de superación, de como alguien puede agarrar la injusticia y el dolor y transformarlo en fuerza para seguir.
Me hacía feliz verle junto mi hermano y que formase parte de mi familia.

Estaba completamente convencida de que sus semanas en la UCI no eran más que un nuevo capítulo de su apasionante historia, y estaba deseando que todo pasase cuanto antes para seguir compartiendo historias y copas de vino este verano.
Cuando recibí la noticia de su muerte se me paralizó el cuerpo, ¿cómo podía acabar todo así, tan pronto?. Sentí mucho miedo, no miedo a la muerte, sino a lo vulnerable que me descubrí ante ésta cuando pensaba que ya había entendido muchas cosas.

Ya en Valencia, cerca de mi hermano y de tanta gente que lo quería, ese miedo se desvaneció, Edu parecía estar en todo y en todos, contagiándonos con su fuerza. Escuché a mi hermano hablar en la ceremonia con la misma admiración que lo hice con Edu la pasada víspera de Reyes. Hablaba desde un lugar donde no existía el victimismo, hablaba desde el amor y el aprendizaje, desde la fortaleza y optimismo, cuanto “Edu” en sus palabras.

Si, Edu estaba allí, como una ballena gigante protegiéndonos tras su aleta del ataque de ese tiburón llamado dolor, su marcha parecía ser incluso un acto de amor si es que no lo era.

Durante las semanas en el hospital, mi hermano escribía un texto diariamente, en uno de ellos, nos hablaba de la tristeza y el dolor como algo necesario, (le acabo de pedir permiso para compartir un trocito y me ha dicho que todos esos textos formarán parte de un proyecto que espera sacar pronto, seguramente en forma de libro). Dice así:
“La tristeza nos acerca el miedo al corazón,
La tristeza ha de ser útil como el agua que corre y refresca… no como el agua que se empoza. Está ahí para ser entendida, para ayudarnos a sentir, a procesar, a recordar y a aprender. Fuera de ese marco de evolución… No es gran compañía”

Y así es, a la tristeza hay que permitirle pasar pero no dejar que se quede a vivir.

La semana pasada, mientras veía como los niños jugaban en un parque infantil de La Coruña, se sentaron a mi lado un niño mulato de unos tres años con su mamá y su abuela. Recordé como Edu nos habló de lo difícil que fue ser un niño negro en una España de finales de los setenta y sonreí por dentro al darme cuenta de que para aquel niño las cosas serían más fáciles.
El corazón me dió un vuelco cuando el pequeño echó a correr hacia los columpios y su madre lo llamó desde lejos “¡Edu, Eduuu, no corras tan rápido!”.
Que mágico es el lenguaje de eso que llamamos casualidades.

El está en todo y en todos.
No nos vamos a ningún sitio, nos vamos a todas partes.

¿Acaso el día de partir
será también el día
de encontrarse?

Khalil Gibram


51 ComentariosEnviado por: Raquel del Rosario

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